Foto por: Mali Maeder

Hace tiempo leí una historia sobre una máquina de escribir antigua que se usaba en la oficina de redacción de un pequeño diario, y que tenía un defecto.

El equipo que trabajaba en la redacción varias veces reclamó al jefe explicándole que la máquina no funcionaba bien. Al oprimir la tecla de la letra e, imprimía la x. Esto demoraba y dificultaba el trabajo. Ponía nerviosos a los integrantes del equipo y los obligaba a revisar los escritos con mayor cuidado, pero a pesar de ello se deslizaban errores con frecuencia.

El jefe se resistía a la inversión en una nueva máquina de escribir y minimizaba el hecho, diciendo que, aunque la máquina era antigua, en general funcionaba bien.

Los integrantes del equipo de redacción intentaron repararla, pero fue imposible: por ser un modelo antiguo, ya no se conseguían los repuestos necesarios.

Cansado de reclamar, uno de los redactores decidió escribirle al jefe una carta con la máquina defectuosa. Se leía así:

Xstimado Jxfx, con todo rxspxto mx dirijo a Ustxd para solicitarlx qux con urgxncia sx comprx una nuxva máquina dx xscribir para rxxmplazar a xsta con la cual xscribí xstas línxas. Varias vxcxs hxmos rxclamado pxro Ustxd considxra qux no hacx falta dado qux sx trata dx una máquina antigua, bixn consxrvada y qux funciona corrxctamxnxe. Qux sixmprx las cosas tixnxn algún dxfxcto, y qux si igual funciona, para qux gastar dinxro xn una nuxva.

El jefe, al leer la carta, se dio cuenta de que efectivamente era necesario realizar el cambio de máquina. Comprendió que una sola letra perjudicaba seriamente el trabajo de todas las otras. Llamó al redactor que le había escrito, le agradeció y no solamente cambió la máquina defectuosa, sino que realizó una renovación completa de todas las demás.

Esta historia la podemos relacionar con lo que ocurre en los equipos de trabajo. Es muy habitual observar grupos que no consiguen sus objetivos o tienen dificultades en lograrlos como consecuencia de que un integrante rompe el funcionamiento grupal. Basta uno solo que no reme en el mismo sentido para que la sinergia no funcione.

En estos casos, quien ocupa el rol de líder debe tomar alguna decisión para modificar la situación. Tendrá que evaluar las circunstancias y las posibilidades, pero no puede demorar la toma de decisiones, especialmente pensando en la “salud grupal”.

Es importante intentar por medio de capacitación, proximidad o diálogo que esa persona que no sincroniza con el grupo modifique su desajuste y se integre, pero es sabido que no es fácil lograr que esto ocurra. En ese caso, el integrante que no se ajusta a la dinámica de un grupo puede ser un engranaje que funcione bien en otro grupo, con lo cual el problema se soluciona con un traslado de sector.

Son situaciones en las que el buen líder debe tomar la decisión adecuada con presteza y realizar el cambio si es necesario. Además, ocuparse de que el desplazado logre reubicarse sufriendo lo menos posible.

En la mayoría de estos casos no se trata de un juicio sobre la persona, que puede tener muchos valores. Es una cuestión relativa al vínculo que se establece con el grupo. Una situación parecida ocurre en los matrimonios, cuando dos personas, a pesar de ser excelentes individualmente, juntas desarrollan un vínculo pesado, denso y a veces destructivo.

Lo mejor, al percibir esta situación, es no insistir y, por el contrario, transformar con inteligencia el vínculo en una relación de amistad y compañerismo. ¡Nunca llegar al antagonismo emocional y destructivo que tan bien se retrata en la película La guerra de los Rose (The war of the Roses)!

Hasta la próxima semana.