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Generadores de talento

En los equipos de trabajo, los líderes deben tratar de descubrir y potenciar los talentos facilitando que cada persona crezca y se desarrolle. Lo ideal para un buen líder es que todos los integrantes de su equipo lleguen a ser mejores que él. Así logrará más resultados y contará con la autoridad natural y verdadera, surgida del reconocimiento de sus comandados.

Cuenta una historia que un joven, revisando cosas en desuso, encontró una lámpara de bronce. Sin perder tiempo comenzó a frotarla con fuerza hasta que lo sorprendió la aparición de un duende que le dijo: Soy el genio de la lámpara. Gracias por liberarme de mi encierro. En compensación, te puedo conceder un único deseo. Pide lo que quieras.

El joven, sorprendido ante la aparición, pensó en lo que el genio le ofrecía y le respondió: Gracias, genio. Lo que quiero pedirte es que me concedas un talento único, algo que me haga ser especial en mi ciudad.

El genio sonrió, emitió una estentórea carcajada y con voz grave dijo: Amigo mío, lamentablemente ese pedido no lo puedo satisfacer, porque no puedo darte lo que ya tienes. Tu talento ya te fue concedido, ahora tendrás que descubrirlo.

Esta breve historia nos recuerda que cada persona tiene atributos singulares, capacidades innatas que le son propias, aptitudes o inclinaciones que, si se las estimula y potencia, se desarrollarán en forma de habilidades únicas y especiales.

En general, desde niños estamos familiarizados con un formato educativo que inhibe capacidades o las aplasta, conduciendo a las personas a la mediocridad. Así se llega a matar la creatividad. Lo más habitual es prestar atención a las fallas en lugar de estimular lo positivo. Por ejemplo, si en una escuela un alumno tiene bajas notas en matemática y excelente rendimiento en música, padres y maestros pondrán más énfasis en las áreas de bajo rendimiento, desestimulando la aptitud principal. También vale la pena cuestionar la calificación dada a las áreas de conocimiento. Por ejemplo, ¿quién decidió que la música o la educación física son menos importantes que las ciencias exactas? No es casual que en las empresas se trate de entrenar a los ejecutivos y áreas de dirección en lo que se suele llamar “las artes blandas” con el deseo de que sean más flexibles y adaptables.

Los líderes deben ser observadores e intuitivos para descubrir lo mejor de cada uno y facilitar su desarrollo. Un buen líder utiliza su lugar para ejercer docencia en todas las formas posibles.

Al talento debe agregarse conocimiento, estudio y práctica. Constituye la mejor inversión para lograr buenos resultados y mayor riqueza.

Hasta la próxima semana.

El color gris en las empresas

Generalmente, al visitar empresas u otras entidades en las cuales hay grupos que están llevando adelante sus tareas, percibo en el aire algunas sensaciones que son bastante habituales. Basta observar a las personas para detectar una clara falta de energía y de motivación. Esto es independiente de que el lugar físico sea confortable y más o menos estético.

Como una especie de patrón, se advierte que las horas en las que el grupo permanece en el ámbito laboral van generando pérdida de vitalidad individual y, como consecuencia, el clima o ambiente construye un emocional colectivo que tiende a ser pesado. Si tuviera que representarlo en forma de un color, lo identificaría de una tonalidad grisácea.

A medida que avanza la jornada, la mayor parte de los integrantes del grupo está a la espera del momento de abandonar ese ámbito para acudir a sus hogares, clubes o lugares donde siente deseos reales de estar.

Las empresas, por medio de sus departamentos de salud ocupacional y áreas de Recursos Humanos, intentan revertir esto, porque obviamente atenta contra la productividad, la sinergia laboral y hasta la propia salud de los colaboradores. Contratan masajistas, organizan actividades lúdicas, artísticas y deportivas con resultados relativos. Por experiencia sé que, si estas actividades se realizan al final de la jornada laboral, no cuentan con participantes. En cambio, si son pausas en el horario laboral, se logra alta participación. Una muestra más de que lo principal es el deseo de salir de esa especie de sensación de jaula que adquiere el lugar de trabajo.

Estas actividades ayudan; sin embargo, constituyen mimos agradables que acompañan, pero no revierten el problema. Una especie de paliativo o calmante suave que dura poco tiempo y no alcanza la raíz del problema. Hay que ir más profundo.

Si seguimos haciendo lo mismo, obtendremos iguales resultados. Adaptarnos constituye una necesidad que en los tiempos actuales no puede ser postergada.

Ya que se percibe una disminución de la energía, es claro que debemos producir ese importante recurso faltante. Según mi experiencia personal, lo más efectivo es fortalecer y vitalizar a los integrantes del staff de líderes, comenzando por los altos grados en la escala jerárquica, para que naturalmente el cambio descienda a toda la pirámide.

Además, el ejemplo será estimulante y motivador. Más vitalidad y energía generan más alegría, mejor humor. Esto fácilmente se irradia, se expande en derredor y permite enfrentar los problemas y resolverlos sin sobredimensionarlos.

Esos líderes que han recargado sus baterías van a relacionarse mejor con sus colaboradores, estarán dispuestos a aconsejar más pacientemente, invertirán más tiempo en sus equipos y nacerán nuevos paradigmas en las relaciones humanas dentro de la empresa. Se realizará más, y habrá más personas vistiendo la camiseta de su empresa y sintiéndose sinceramente orgullosas de ser parte. Hoy, lo que más valoran los colaboradores es cómo los hacen sentir los líderes y el ámbito de trabajo. Al final de cuentas será una inversión generadora de riqueza.

Así, se establecerá un crecimiento multiplicador y se fortalecerá lo que más debemos cuidar: el capital humano.

Hasta la próxima semana.

La importancia de tener sentido de Misión

Una de las principales fallas en los que tienen la responsabilidad de ser líderes, es no decirle honesta y claramente a su grupo de colaboradores cómo quiere trabajar.

Hay una costumbre de “ser simpático” esperando que esa máscara agrade al equipo. Lo que ocurre es que al comenzar a tener actitudes diferentes y hasta opuestas a la imagen transmitida inicialmente, ese líder pierde credibilidad y el grupo sufre una decepción, pasando a hacer lo imprescindible y disfrazando su disgusto. Resultado: lo que debería ser un equipo impregnado de entusiasmo y con deseos de trabajar sinérgicamente empieza a actuar de manera poco comprometida y absteniéndose de aportar generosamente su capacidad y energía.

La gente necesita creer en algo real, valora la honestidad. En general, a pesar de no estar de acuerdo con algunas de las directivas del líder, se empeña en seguirlas porque cree en los valores éticos de quien comanda.

Por ello, sugiero que todo grupo establezca desde el comienzo un código de valores consensuados. Esto constituirá un marco de conducta que brindará confianza y tranquilidad a los integrantes del grupo, conscientes de estar protegidos por actitudes claras y que se observarán férreamente. Es recomendable que alguno de ellos se responsabilice en ser el “guardián” de esos preceptos básicos de convivencia y desempeño, recibiendo del líder y de los miembros del equipo la autorización para alertarlos si en algún momento no se está actuando de la manera preestablecida en ese decálogo surgido del consenso.

Junto al código de ética, es importante fijar cuál es la misión del ese grupo, empresa o institución. La misión debe ser amplia y con metas claras. Debe ser una propuesta que trascienda las pequeñas necesidades del diario vivir. De esta forma, los que se identifiquen con ella mentalizarán algo mayor que ellos mismos. Para llevar a cabo acciones debemos tener deseos y estar motivados a alcanzarlos; ser parte de un proyecto más grande que uno es un factor de orgullo y un motor que impulsa a la realización.

Cuentan que en la década del sesenta John F. Kennedy visitó la NASA en pleno proceso de la carrera espacial. Allí, le mostraron la cantidad de complejas tareas que se realizaban con precisión. En un determinado momento, quebrando el protocolo, el entonces presidente de los Estados Unidos se aproximó a un hombre de mameluco azul que pasaba con esmero la aspiradora, limpiando el piso. Lo saludó con amabilidad extendiéndole la mano y le comentó que veía que su trabajo no era tan complejo como los que realizaban los demás. Ante eso, el hombre que se ocupaba de la limpieza, lo miró fijamente y respondió: no, señor presidente, no es complicado, pero es igual de importante. El presidente, asombrado, le preguntó: ¿qué es lo que usted está haciendo? Aquí, señor presidente, estamos mandando a un hombre a la Luna, respondió sin titubear y con cierto grado de orgullo el empleado de limpieza.

La Misión pasa a ser la columna vertebral de todas las acciones, el foco de los esfuerzos de un grupo que se unirá con el deseo de lograrlo. Debe ser repetida y recordada en forma permanente. Una especie de “mantra” que la transformará en algo reflejo y espontáneo.

Te invito a pensar: ¿cuál es la Misión que le brinda sentido a tu vida?

¡Hasta la próxima semana!!!

 

El domador y nuestra mente

Disfruté mucho de mi adolescencia. Pasé esa etapa, tan especial en la vida de todos, en una ciudad pequeña del sur de la provincia de Santa Fe. Fueron años de deporte, de largos paseos en bicicleta, de travesuras, desafíos y bromas.

Un día, andando con mis amigos por un camino de tierra que no usábamos habitualmente, descubrimos un rancho escondido entre una arboleda que le otorgaba un cierto aire de misterio. Con ligero temor decidimos acercarnos para investigar y de golpe se nos apareció un personaje extraño: Don Nicanor. Se trataba de un anciano, de muchos años, pero del cual nunca supimos la edad. Andar cansino, piernas curvas, vestido a la usanza de los gauchos, con la típica bombacha y alpargatas. Nos atemorizó su rostro, surcado de arrugas profundas que realzaban sus típicos rasgos indígenas y con una mirada profunda cargada de severidad.

Nunca olvidaré ese encuentro y sus primeras palabras, dichas pausadamente y en tono grave. ¿Qué busca la muchachada por acá?, disparó Don Nicanor mientras nos miraba con fijeza y cierta sonrisa burlona, consciente de nuestro susto.

Estamos paseando, respondimos rápidamente. Somos del pueblo y creíamos que aquí no vivía nadie, completamos.

Instantáneamente Don Nicanor cambió el semblante, nos dijo que él vivía en el lugar, que estaba solo y que si queríamos podíamos compartir unos mates con él.

Intercambiamos miradas y accedimos a la invitación temiendo que rechazarla fuera una ofensa para ese hombre que, si bien nos inquietaba, también nos despertaba una gran curiosidad. Esta fue la primera de muchas visitas a Don Nicanor, al cual fuimos conociendo y con quien establecimos una especie de convenio tácito: le llevábamos alimentos y a cambio nos brindaba algunas historias que nos encantaba escuchar. Así, supimos que Don Nicanor era descendiente directo de querandíes y su profesión era la de domador, especialmente de aquellos potros que no se sometían a la doma convencional. De acuerdo con sus propias palabras, los blancos no sabían tratar con los caballos; en cambio, lo que él hacía era establecer una relación de confianza y respeto mutuo, sin violencia, con constancia, para ir sacándole las cosquillas al animal.

Esta historia actualmente la utilizo para comparar la relación que debemos establecer con nuestro complejo psico-mental. La mente es dispersa y funciona todo el tiempo de manera anárquica, sin obedecernos. Para comprobarlo, probemos a cerrar los ojos un instante y tratemos de no pensar en nada. No será posible lograrlo sin entrenamiento previo. Por el contrario, la vorágine de ideas, imágenes y pensamientos se acelerará de inmediato, en una clara demostración de rebeldía.

La mente desea dispersarse, dejarse llevar por los miles de estímulos que le llegan por vía sensorial, como un potro al galope, lo que aumenta nuestras incertezas y las probabilidades de cometer errores al tomar decisiones.

¿Qué podemos hacer para mejorar en este sentido? Poner en práctica los consejos de Don Nicanor y establecer una relación diferente con nuestra mente, que nos permita tomar las riendas. El primer ejercicio será tratar de concentrarnos en una sola de las dispersiones (una imagen, un sonido, una idea, un aroma, etc.) hasta fortalecerla tanto, que las otras dispersiones existentes dejen de tener protagonismo.

El desarrollo de la concentración nos permitirá entre otras cosas ahorrar tiempo, cometer menos errores, ser más certeros, y será la primera etapa para alcanzar otros estados de conciencia de gran utilidad. Pero eso será tema para la semana próxima.

El valor de la percepción

No es ninguna novedad: la forma de ver y entender las situaciones que debemos enfrentar suele centrarse en el análisis y la lógica, mecanismos propios de nuestra cultura occidental.

Esa caja de la lógica, como algunos la han llamado, se alimenta primeramente de nuestros condicionamientos y paradigmas. Al analizar cualquier hecho, situación, actitud o persona, necesitamos que entre en los límites que consideramos lógicos, para aceptarlo. Lo interesante es que esos “límites” tienen estricta relación con los condicionamientos generados en base a nuestro aprendizaje y la cultura en la cual nos hemos desarrollado.

Haber elevado este mecanismo a un lugar de tanta importancia fortalece los “límites”, derivando en un alto grado de dureza o falta de flexibilidad en quien actúa de esa forma. Inflexibilidad o dureza son como un virus o un bacilo de efecto letal para todos, especialmente para los líderes o emprendedores de nuestro tiempo.

El paradigma nos impide ver más allá de lo que creemos saber, al punto de no reconocer las oportunidades o la imperiosa necesidad de un cambio o adaptación. El miedo a tener en cuenta lo que  está fuera de los límites de esa lógica singular, paraliza e incluso anula la voluntad de intentarlo.

Ese temor está fundamentado en que sabemos que, cuando uno cambia de paradigma, todo vuelve a cero. Para algunos, esto constituye una oportunidad que seduce; para otros es ingresar en un terreno desconocido y atemorizador.

Y es aquí donde regreso a la percepción y su importancia en la toma de decisiones. No olvidemos que cuando se produce un cambio en la percepción, no son los hechos los que cambian sino sus significados.

¿Podremos reducir la rigidez paradigmática? Como en la mayor parte de las situaciones, la respuesta es sí. Es posible entrenar y desarrollar la capacidad de percibir más claramente las situaciones. Constituye una de nuestras capacidades y debemos potenciarla para comenzar a utilizarla de manera consciente. El análisis y la estadística vienen imponiéndose sobre la capacidad de percepción; por eso es necesario que esta recupere su importancia, al mismo nivel que la de aquellos.

Para lograrlo, lo primero es recuperar la capacidad de enfocarnos en lo que estamos haciendo, especialmente si se trata de relaciones humanas. La dispersión que genera estar redactando un informe, hablando por teléfono, comiendo un sándwich y conversando con un subalterno atenta contra la productividad, incrementa la probabilidad de errores, lleva a una reducción de la efectividad y la consecuente desilusión del que desea comunicarnos algo.

 Como consecuencia irán aumentando, hora tras hora, el cansancio, la ansiedad y el estrés. Si este mecanismo se instala, será una importante causa de deterioro no solamente en la productividad laboral sino también en la vida afectiva y familiar.

Investigando en filosofías milenarias surgidas en otras culturas, observamos que entre las formas de conocimiento correcto está la capacidad de percibir al otro, de entenderlo, de sentirlo, tratando de ser el otro, de pensar desde su visión. Esta percepción y sensibilidad nos ofrecen la posibilidad de tener mayores certezas y reducir los conflictos.

Comenzá por entrenar tu concentración, focalizate con fuerza en tus objetivos, uno a la vez. Interesate en las personas, ya sean tus superiores, subalternos, clientes, amigos o familiares. Todos son valiosos y todos merecen que les dediquemos nuestra plena atención.

Además, siempre podemos aprender a través del otro.

Hasta la próxima semana.

 

Lo sencillo y lo importante

Desde hace un tiempo decidí que unos de los principales temas que analizaría en este blog es el liderazgo. Como consecuencia de esta observación, a la cual se suma mi propia experiencia ejerciendo funciones de conducción en diferentes ámbitos, fui distinguiendo un fenómeno que se repite en cada charla, conferencia o curso, cuando solicito a los presentes que levanten la mano aquellos que se sienten líderes.

El resultado es similar en todas las oportunidades. Un pequeño porcentaje se identifica o se atreve a identificarse con esa característica y eleva su mano. El resto permanece con cierta sensación de incomodidad, como si hubieran sido descubiertos pese a su deseo de pasar inadvertidos.

Esto me llevó a observar con mayor interés la situación, en el afán de descubrir si se encuadraba en algún patrón o medición que me permitiera entender más esa actitud y, en consecuencia, trabajar para revertirla favorablemente.

Llegué a la conclusión de que no se trata de una exclusiva inhibición de tipo emocional ante la pregunta y el público, que pueda generar inseguridad. Es algo diferente:  básicamente es no reconocerse líderes por estar dentro del paradigma de que los líderes son héroes o figuras casi épicas que recuerda la historia.

Los liderazgos de tipo cotidiano llegan a personas que se encuentran en ámbitos próximos. Muchas veces, sus acciones son profundamente motivadoras de cambio, pero no alcanzan trascendencia pública o histórica.

Es un gran error considerar que lo sencillo deja de ser importante. Me produce tristeza que, dependiendo de la personalidad y el carácter del individuo, esta caracterización del liderazgo termine siendo paralizante, dado que si no se ve en las metas la gran obra o la tarea que cambiará al Mundo, se deja de actuar o se pospone indefinidamente la acción, con consecuencias negativas para la autoestima.

Si hacemos memoria, seguramente cada uno de nosotros recordará motivaciones recibidas a través de pequeños ejemplos o palabras que fueron el combustible para “encender” la maquinaria que permitió lograr metas o descubrir condicionamientos paralizantes y modificarlos. El inicio de una construcción de logros positivos.

Siempre recuerdo a mi abuelo, un líder que considero adelantado para su época, recordándome en mi adolescencia que todos ejercemos alguna tarea de liderazgo y que los mejores son los que se asumen como líderes, buscando siempre desarrollar los talentos de los demás e intentando conciliar las necesidades y virtudes de todos.

Es importante comenzar a expandir la conciencia de que, sin notarlo, hacemos cosas que resultan motivadoras o inspiradoras para otros. En ese intercambio de relaciones humanas podemos aprender del otro si estamos abiertos y atentos. Reconocer esto es asumir la responsabilidad de tratar de ser mejores cada día, reforzando nuestra ética, comportamientos y civilidad porque, de esa forma, seremos líderes de cambio en todos los ámbitos.

En el mundo corporativo, empresario, educativo, recreativo, etc., siempre podemos mejorar, aportando a uno o a miles este concepto contagioso y positivo, y recordando que lo sencillo también es importante.

Hasta la próxima semana.

La virtud y el ejemplo: una contribución en el liderazgo

Cuando se menciona la palabra virtud, parece conducirnos a un terreno utópico y de poca practicidad. La mayoría se conecta con reminiscencias de filósofos y culturas antiguas, en los cuales las especulaciones teóricas buscaban encontrar respuestas para inquietudes existenciales.

En nuestro tiempo de velocidad y creciente ansiedad por alcanzar resultados rápidos, no parece algo que interese demasiado.

Sin hacer juicios de valor comparando tiempos pasados con presentes, siento la necesidad de compartir la idea de rescatar con urgencia la importancia de las virtudes, desde una visión pragmática y superadora para aquél que las incorpora a su vida cotidiana.

Tengamos en cuenta que virtud deriva del latín virtus. Significa conjunto de cualidades propias de la condición de hombre, actividad o fuerza de las cosas para producir o causar efectos, y también fuerza, vigor o valor.

Si partimos de la etimología de la palabra podemos deducir que incorporar y sostener una virtud es una potencia, un acto de fuerza y valor que colocará al que se conduce de forma virtuosa por encima de las situaciones cotidianas que debe enfrentar. Puedo aseverar por experiencia propia que vivir y relacionarse respetando valores y conceptos virtuosos genera menos complicaciones y abre puertas a otras posibilidades.

¿Cómo podemos definir las virtudes que son propias de las cosas y de los hombres? Trataré de ejemplificarlo basándome en una comparación de André Comte-Sponville al decir que la virtud de un cuchillo es cortar bien, independiente de la mano que lo sostenga o del objeto que pretenda cortar…. ¿Y qué pasa con nosotros, los humanos?

Bien, este es el punto. Diferenciemos el hecho biológico de ser homínidos del hecho cultural y comportamental de pretender ser humanos. Nuestro compromiso es avanzar hacia la humanización, y para ello precisamos incorporar valores esenciales propios y que, al comportarnos dentro de esos parámetros, nos permitan evolucionar individual y colectivamente, además de facilitar la convivencia.

El punto de partida es actuar sobre nosotros mismos, viviendo con coherencia dentro de los valores y virtudes elegidos. Hacerlo implica una disposición para conducirnos bien y, seguramente, una manera de inspirar a los que interactúan con nosotros. Esta responsabilidad es fundamental, especialmente para quienes lideran grupos.

Es una actitud, una forma de vida y no un concepto exclusivamente teórico. Una incorporación práctica en los hechos, en cada cosa que realicemos o pensemos.

La energía que pongamos para lograrlo marcará una actitud positiva que influirá benéficamente en nuestra conducta y en consecuencia se extenderá a todos los que integran nuestro entorno social.

Algunos pensarán que es una propuesta ingenua, trabajosa o incluso imposible. Sin embargo, nos brinda enormes frutos. En mi experiencia, hay pocas cosas tan gratificantes como ver a un hijo, a un alumno o compañero de tareas asumiendo actitudes virtuosas, y sentir la satisfacción de haber logrado transmitir valores por medio del ejemplo y de la convivencia.

Así, por contagio, se logran modificaciones más auténticas que las que se intentan por imposición. En todos los grupos que me ha tocado liderar, esta actitud siempre me dio resultado, generando ámbitos más amables, productivos y éticamente enriquecedores.

Al final de cuentas, si queremos cambiar el mundo, nada más útil y coherente que empezar por nosotros mismos.

¡Hasta la próxima semana!

Prospectiva y karma

Corren tiempos de velocidad creciente. Pareciera que el mundo se acelera de manera inexorable. Las dinámicas de aprendizaje y la forma de conducir corporaciones, grupos humanos y nuestra propia vida familiar y afectiva se encuentran en permanente revisión y adaptación.

Para algunos, ese ritmo entusiasma y produce evolución. Son los que deciden adaptarse y entrenan para ser rápidos, flexibles y fortalecer la intuición, anticipándose a los cambios o pudiendo esquivar las consecuencias negativas de algún inesperado cisne negro. Otros se quejan, sueñan con tiempos pasados y desean que todo se ajuste nuevamente a su mundo predecible, proyectando su ilusión hacia el porvenir.

Actualmente es habitual el uso de la palabra “prospectiva” para referirse al futuro, especialmente en los ámbitos de emprendedores. La Real Academia Española la define como “conjunto de análisis y estudios realizados con el fin de explorar o predecir el futuro en una determinada materia”.

A pesar que muchos investigan sobre probabilidades y tendencias con el deseo genuino de anticiparse a los hechos, las circunstancias nos muestran que el mundo cambia velozmente y nadie puede predecir, a ciencia cierta, el futuro.

Sin embargo, hay dos puntos relevantes que no suelen tenerse en cuenta: el primero es que la mayor parte de los acontecimientos que nos sorprenden vienen madurando desde antes de producirse; el segundo, que no se los aprecia, ya sea por condicionamientos o paradigmas, que crean una especie de ceguera o, muchas veces, porque quisiéramos tanto que no ocurran, que directamente los negamos.

En la seguridad de que esto que nos pasa hoy ya lo vivieron nuestros antepasados, probablemente a menor velocidad, en diferentes momentos, contextos y situaciones, es bueno revisar la historia y las opiniones de otras culturas y filosofías. Es así como rescato la palabra sánscrita karma, que importaron de Oriente grupos de ocultismo y espiritualismo, luego fue cristianizada y terminó significando una especie de destino trágico que no puede ser modificado. Se generó de esta forma una confusión, entre las tantas que existen en la interpretación de culturas diferentes a la occidental.

En origen, karma significa acción, una ley natural de acción y reacción. Si arrojo algo hacia lo alto, indefectiblemente caerá. Este análisis tan simple que realizan los hindúes permite entender y manejar el fenómeno según principios de la física y no de supuestas causas espirituales.

Existe una comparación para comprender más claramente cuánto de esa acción y reacción está en nuestras manos. Imaginemos a un arquero que decide lanzar su flecha sobre un blanco determinado. Tomará la flecha, la colocará en el arco, tensará la cuerda hasta el punto que considere conveniente, elegirá la dirección y llegará al punto de soltarla o no. Hasta ese momento hay un karma potencial: un setenta por ciento del proceso está administrado voluntariamente por el arquero. Al lanzar la flecha se activa el karma y pueden existir circunstancias ajenas a quien dispara: tal vez un golpe de viento, un obstáculo que se interpone en el camino de la flecha o alguna otra situación imprevista. Analizando matemáticamente el proceso, vemos que hay dos tercios que son administrados contra un tercio que funciona fuera del dominio del arquero, lo cual es sumamente alentador.

¿Qué podríamos hacer para cubrir las situaciones no previstas que corresponden al tercio restante?

Uno de los recursos más eficientes, antiguos y probados consiste en desarrollar la poco usada intuición lineal. Existen herramientas que permiten desarrollar este proceso, abriendo un nuevo canal de conocimiento. Su nombre en sánscrito es dhyána, un sistema técnico probado y utilizado durante miles de años.

Permite obtener mayores certezas, estar alerta sin estrés y tomar decisiones más rápidas en un mundo veloz y cambiante.

¡La semana que viene les cuento más!

 

La necesidad de adaptación de los líderes

Sabemos que la sociedad cambia velozmente de costumbres. Este proceso se acelera alcanzando una velocidad que genera vértigo y nos obliga a entender los cambios en lugar de rechazarlos; subirnos a las tendencias y ver cómo manejamos los grupos humanos, dentro de las actuales modalidades de relaciones más flexibles.

Conduzco grupos desde hace tiempo y, consciente de estos vertiginosos giros, opté por no oponerme y, por el contrario, aprovechar esa energía a mi favor.

Recuerdo los años en que viví en Iguazú, provincia de Misiones, donde practicaba remo en los caudalosos ríos Iguazú y Paraná. Allí aprendí que hay momentos en que, en lugar de agotarse remando contra la corriente, es más inteligente dejarse llevar por ella y sutilmente orientar la embarcación hacia la costa, disfrutando del remanso.

Actualmente, la tarea del líder es desarrollar una afinada intuición para estar atento a los cambios o movimientos en ciernes, sin perder la visión.

El liderazgo vertical se ha ido modificando hacia una estructura horizontal, en la cual la tarea es más la de un coordinador/facilitador que la de un líder que conduce desde el poder.

Está muy claro que quien acepta el lugar de líder de grupo debe saber que no se trata de un privilegio, sino de aceptar la responsabilidad de velar no sólo por su desempeño sino, sobre todo, por el éxito de las otras personas.

Coincido plenamente con la opinión de Peter Drucker, uno de los pensadores en el área de negocios y liderazgo más influyentes de la historia: “el éxito, así como la felicidad, no debe ser buscado; debe ser una consecuencia, y esto solo se produce cuando el efecto colateral, no intencional, de la dedicación de una persona a una causa, es más grande que ella misma.”

Los líderes actuales deben ser conectivos. Esto implica lograr una plena integración de sus grupos, buscando valores compartidos que faciliten la convivencia y permitan llevar adelante con eficiencia el trabajo necesario para cumplir las metas.

Los buenos resultados en la actualidad son consecuencia del aporte de varios. Las ideas y realizaciones son colectivas. Los líderes deben aprender a cambiar plásticamente de rol en los equipos. Si el líder sabe que un comandado tiene mayor talento para enfrentar un problema o lograr un resultado, mostrará su capacidad y adaptabilidad delegando temporariamente en él la coordinación del grupo.

Por experiencia puedo afirmar que en todas las oportunidades en que adopté esta táctica, en lugar de haber perdido autoridad, se reforzó mi imagen y se fortalecieron los buenos vínculos con el grupo.

Para que esto funcione, el líder o coordinador debe estar atento y perceptivo de las emociones, deseos, situaciones familiares y personales que afectan a cada uno de los integrantes de su grupo. Y realizar un trabajo de docencia, instalando un proceso de humanización, respetando los límites éticos y comportamentales que surgen de los valores que el propio equipo fije para su convivencia.

Recordemos que nunca la suma de las partes será mayor que la fuerza de un grupo sinceramente unido y dispuesto a obtener un fin determinado.

¡Hasta la próxima semana! 

 

La fuerza de las ideas colectivas

Foto por: Medhat Ayad

Todos sabemos que la unión hace la fuerza. Esta expresión es popular en prácticamente todos los idiomas. Ya sea l’ union fait la forcé en francés, unity makes strength en inglés o einigkeit macht stark en alemán, está presente en todo el mundo. Llega a constituir un valor nacional en algunos países, por ejemplo, es utilizado por Bulgaria y Haití en su escudo nacional de armas.

En nuestra literatura gauchesca, Martín Fierro nos dice con sabiduría: los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera.

Como vemos, no es ningún secreto que, al pasar los años, el hombre ha ido comprobando que si estamos juntos se genera una sumatoria de fuerzas y capacidades que favorece tanto a los integrantes en forma individual como, lógicamente, al grupo.

Lo más valioso no es únicamente estar juntos, sino estar unidos, lo que constituye una importante diferencia.

La palabra de origen griego egrégora designa la fuerza generada por la sumatoria de las energías físicas, emocionales y mentales de dos o más personas cuando se reúnen con un fin determinado. Esta definición citada por el escritor DeRose enfatiza de manera muy clara que no es solamente estar juntos, debe existir un fin determinado; esa decisión es lo que va a generar un poder mayor que permitirá actuar en consecuencia.

En la actualidad, el conocimiento fluye velozmente porque existe el paradigma de compartirlo. Esta nueva costumbre genera unión de ideas. Como dice Steven Johnson ⎼en su charla TED “¿De dónde provienen las buenas ideas?”⎼, las ideas tienen sexo, se multiplican y procrean nuevas ideas superadoras si estamos juntos, unidos por el deseo de actuar colectivamente para un logro mayor que el de cada uno de nosotros.

En todos los tiempos, los humanos se juntaron a pensar, conversar, enseñar y compartir. Van cambiando los formatos y las tecnologías, pero la necesidad existe, es parte nuestra y se desarrolla a una velocidad sorprendente.

Desde las reuniones frente a la hoguera hasta los espacios de coworking es vital la unión con otros para compartir deseos, proyectos o inquietudes. Verdaderos nodos vivientes que se interconectan en forma constante.

Es ahora el momento de embarcarse sin temor en ese río de comunicación, con el deseo de compartir saberes, experiencias y siendo conscientes de que, para todo lo que nos propongamos realizar o crear, precisamos estar con otras personas.

Más que la idea individual, lo que importa es el pensamiento colectivo, en el que cada uno de nosotros es una pequeña parte de una interacción ilimitada.

Hasta la semana próxima.

 

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